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Cultura

Ari Telch: Entre la cordura y la realidad

Desde finales de los años 80 el medio de la actuación ha contado con el impecable desempeño de una de las figuras más emblemáticas de la televisión y el teatro: Ari Telch. Es un actor de finísimo talento, que ha sido emblema e ídolo para muchos, y al pasar del tiempo no sólo sigue vigente, sino proponiendo y dando vida a nuevos y diversos personajes. Telch es uno de esos que no se deben desperdiciar, que sin duda dará la mejor interpretación que cualquier papel podría requerir. Clásico DMX tuvo la oportunidad de platicar con él sobre su trayectoria y pasiones.

Mirna Calzada: ¿En qué momento de tu vida decides dedicarte a la actuación?

Ari Telch: Yo estudiaba en el colegio hebreo Tarbut. No era muy buen alumno de hebreo y lograba hacer tratos siempre con los profesores para obtener una calificación de aprobatoria a cambio de poder estar libre en el patio, con mi déficit de atención e hiperactividad a todo lo que daba. No era capaz de estudiar hebreo, no porque no lo supiera, sino porque de pronto había muchas clases que eran muy absurdas para darse en ese idioma y no me hacía sentido; la escuela era muy demandante. Llegó un hombre de Estados Unidos y le encargaron que montara, para la graduación de tercero de secundaria, la obra El Violinista en el Tejado. Tuve que ir a la audición a fuerza y me escogió para ser Tevye. Así comencé.

Tengo un hermano mayor, Nathan Grinberg, quien estudiaba con Abraham Oceransky, y luego de mi experiencia en la escuela empecé a tomar clases con él. Lo recuerdo con mucho cariño. Yo era como la mascota de este grupo de actores profesionales o semi profesionales pero que tenían más edad que yo. A través de Oceransky le agarré cariño al teatro. Luego me fui 10 meses a un Kibutz, lo cual me vino muy bien, luego de una preparatoria muy intensa y exigente. Cuando volví ya traía el gusto por el teatro, pero no sabía si me iba a dedicar a ello. No tenía la certeza de si tenía la capacidad. Entonces, entré a estudiar odontología en la UNITEC. Me gradué, pero nunca dejé de trabajar como actor. De hecho, la carrera la pagué trabajando como actor en la televisión educativa y cultural UTEC, y comencé a explorar el terreno. Hice mi primera obra de teatro profesional con Oceransky. Cuando terminé la carrera, decidí no seguir como dentista porque había exigencias terribles para el servicio social, luego la tesis y no estaba enamorado de la carrera. Entonces trabajé en una obra de Sabina Berman llamada Yankee (BILL), como asistente de Oceransky, e hice mi debut en teatro con una sola frase: “All night and he hasn’t talked… keep on”.

MC: Luego de Yankee, ¿qué siguió?

AT: Entré a estudiar con Julio Castillo y hubo un cambio total. Creo que el haber nombrado el Teatro del Bosque en su honor es un pequeñísimo homenaje a un hombre que le dio muchísimo al teatro de este país. Tuve la fortuna de atender un curso de cuatro años con él, dos veces por semana. Me hizo entender lo que se trataba este oficio. A partir de ese momento ya no pude dejar la carrera de actor y vinieron muchas oportunidades. Hice El Violinista en el Tejado con Manolo Fábregas, tome la experiencia que todo actor necesita y en un ambiente muy sabroso y demandante. Así comenzó mi carrera. Empecé a hacer televisión, más teatro, producción, etc., y aprendí mucho, fui muy afortunado. Trabajé con talentos de talla extraordinaria, como Ignacio López Tarso, Silvia Pinal o Guillermo Orea. Más adelante vino la telenovela Mirada de Mujer, un “garbanzo de a libra”, y tuvo fun gran éxito. Con este proyecto nos pudimos dar cuenta que se podía hacer una televisión distinta, con otros valores de producción, de reparto, de fotografía, en el libreto, en todo.

MC: ¿Cuál crees que sea el reto para un actor consolidado, como tú, para adaptarse a los nuevos medios de producción?

AT: Nadie sabe. Estamos en un momento de experimentación, encontrando, de pronto, proyectos que sirven y otros que no, cometiendo aciertos y errores porque también estamos repitiendo productos. Por ejemplo, se está haciendo mucha apología al narco y a la mafia. Hay muchas series parecidas sobre el tema. Y bueno, finalmente uno vive de esto. Se explora y se tendrán que ir encontrando ventanas para comunicarnos con la gente. Lo importante es que la televisión sea una ventana, un espejo.

MC: Se están abriendo muchos temas que antes eran tabú…

AT: Mira, yo recuerdo una telenovela que se llamó Imperio de Cristal. En una escena yo grité “¡Carajo!” y pensé que la cortarían. No fue así, la pasaron al aire. Te estoy hablando del año 1993 y que pasará una mala palabra al aire era un gran atrevimiento. Ahora es distinto. Los personajes hablan como seres humanos, como lo hacemos cotidianamente. Sin embargo, hay también un uso excesivo de esto en algunas películas mexicanas. Hay que encontrar un punto medio.

MC: ¿Qué opinas con respecto a que a talentos mexicanos en el extranjero les ofrecen cosas que acá no y por ello mejor deciden irse del país?

AT: ¡Qué bueno! Eso está muy bien, porque acá se priorizan otras cosas. Lo más importante en una obra de teatro, película, serie o telenovela, es la pluma. Cuando sabes lo que cobra un escritor te das cuenta de porque se dedican mejor a hacer telenovela. No le entran al guionismo ni hay una disciplina. Acá se les paga muy poco por buenos trabajos. Lo mismo sucede con actores, directores. Me da gusto que se abran oportunidades y fronteras para los talentos.

MC: ¿Cuál es la gran diferencia para ti como actor entre teatro y televisión?

AT: Saber a qué hora entras y a qué hora sales es la más importante. En la tele sabes a que hora entras, pero nunca a que hora saldrás. El teatro es un ejercicio vivo, que no puede compararse al otro. Esto que te digo es una respuesta dentro de un lugar común. No es lo mismo la televisión, alrededor de la cual tiende a haber distractores, que el teatro, donde la atención está dirigida y que es perfectible, ya que cada día es una nueva oportunidad de hacerlo mejor.

MC: ¿Cuál es tu deseo ahora, apasionadamente, como actor?

AT: No lo sé. Hay que tomar la vida un día a la vez. Se están presentando oportunidades y algún día llegará una que te de muchas ganas de hacer. Tenemos un oficio del cual sobrevivimos y todo lo que hacemos es con entusiasmo, profesionalismo, puntualidad y todas las virtudes que se le puedan sumar a eso. Si luego viene el éxito, ya es algo que no me corresponde. Yo doy lo mejor de mí en cada proyecto. En este momento, tengo un gran entusiasmo porque a raíz de mi enfermedad mental me puse a estudiarlas. No como lo hace un psiquiatra, pero sí con una enorme curiosidad de qué era lo que sucedía en el cerebro cuando detonaba la bipolaridad, cómo funciona. Descubrí un campo que tiene que ver con esa parte científica que aún conservo y tiene que ver con la parte dramatúrgica, porque hay que hacerle ver a la gente que todos podemos tener episodios de enfermedad mental.

De hecho, una borrachera es un episodio de enfermedad mental. Vamos a explorar ese momento en un soliloquio con varios personajes, para hablar de eso superficialmente pero que es tan común. Ha esto le tengo mucho entusiasmo como un trabajo escénico. El soliloquio que no tiene reglas. No es un personaje que esté hablando. Es lo que a uno se le pegue la gana. Puedo hablar de ciencia, luego echar desmadre. Hacer personajes que hablen de la enfermedad mental y espero que sea un cotorreo que le guste al público.

MC: O sea que, ¿la gente puede ver una obra distinta en cada visita a la que acuda?

AT: Un soliloquio, evidentemente, puede cambiar. La psiquiatría, también, está cambiando a pasos agigantados. Ahora se sabe qué le sucede al hipocampo cerebral cuando una persona está deprimida. Hay muchos descubrimientos. El soliloquio tiene reglas, tiene trozos rítmicos, escenas, pero sí hay una libertad de que cada semana tenga una cosa distinta.

MC: ¿Quieres hablarnos un poco más sobre tu enfermedad?

AT: Mira, la enfermedad bipolar es una de las enfermedades psiquiátricas mayores. Yo de niño recuerdo haber oído de mi padre biológico comentar que alguien si tomaba medicina psiquiátrica era por estar loco. Yo no sabía lo que era eso. De los 18 a los 20 años comencé a dormir menos y a trabajar más. Bebía mucho. Hay un momento en que se te va el avión, se te van las tuercas. Yo ya me había acercado al psiquiatra a los 32 años. La enfermedad tiene depresiones y tiene manías. Fui por una depresión, pues la manía es muy gozosa para nosotros, sin embargo, empiezas a provocar muchas pérdidas a tu alrededor. Te das cuenta de que tu ánimo no está estable. Cuando tuve por primera vez un delirio respetable, acepté que era bipolar. Esto fue como a los 35 años. A partir de eso aprendí a modificar mi estilo de vida.

MC: ¿Con este trastorno se nace?

AT: Sí, naces con él. Es un pequeño monstruo que está escondido y que de pronto por factores ambientales, personales o biológicos, se detona y se convierte en una enfermedad visible con signos y síntomas. A partir de ese momento, se empieza uno a preocupar por ello. Este tipo de enfermedades toman entre 5 y 10 años en entenderlas, razonar que nos está sucediendo a nosotros y que tiene síntomas que se pueden detener con ciertos medicamentos, rutinas, ejercicio, meditación, etc. Son crónico-degenerativas, pero se pueden controlar. Hay que comprender que el cerebro también se enferma.

Fotos: Rubén Márquez

No te pierdas su obra D’MENTE en el TEATRO MILÁN.

Del 19 de febrero al 30 de abril de 2018.

Lunes 20:45 horas.

$350 pesos admisión general.

Mirna Calzada

Sobre el autor

The Boss.

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